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HISTORICIDAD DE LOS EVANGELIOS
Fecha de Publicación: 08 - Febrero - 2010
Autor: ZENIT.org

Pruebas dadas por los expertos sobre la historicidad de los Evangelios
Evangelios, entre historicidad y aportación de los apócrifos (I)

Entrevista al profesor de Nuevo Testamento Bernardo Estrada

ROMA, miércoles, 9 enero 2008 (ZENIT.org).- La consistencia histórica de los Evangelios está en su misma génesis, es decir, en la continuidad entre la predicación de Jesús, la predicación apostólica y su redacción.

Lo afirma en esta entrevista concedida a Zenit el padre Bernardo Estrada, profesor de Nuevo Testamento de la Facultad de Teología de la Universidad de la Santa Cruz de Roma, el cual cita algunos testimonios ajenos a la Biblia, que enriquecen el contenido de los Evangelios.

--¿Nos puede explicar cómo tuvo lugar el proceso de redacción de los Evangelios?

--Padre Estrada: Podemos decir que los Evangelios se inician con la predicación de Jesús, quien no escribió de su puño y letra prácticamente nada sino aquellas pocas palabras trazadas en la tierra cuando le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio. De Jesucristo se sabe, sobre todo, que predicaba. Hay que subrayar a este respecto que la exigencia de predicar y enseñar de memoria era una costumbre constante de la época, porque la escritura era impracticable en condiciones normales.

Sin embargo, después de la pasión y muerte de Jesús, la predicación de la Iglesia se fundó justamente en el acontecimiento pascual. Es este el fundamento de toda nuestra fe, no sólo porque Pablo lo dice al final de la Carta a los Corintios sino porque precisamente el kerygma, el anuncio fundamental de la Iglesia tras Pentecostés, fue «Jesucristo crucificado y resucitado». El Evangelio como tal era, como afirma San Pablo, proclamación del «gozoso mensaje»: Dios nos ha salvado de la muerte eterna con la muerte y resurrección de su Hijo Jesús.

Sólo en la segunda mitad del siglo II, san Justino, al escribir en el año 160 su «Apología», afirma que las memorias de los Apóstoles son denominadas «Evangelios». Es el primer testimonio en el que se pasa del Evangelio como anuncio predicado al Evangelio como texto. Tras esta declaración apostólica, podemos decir que los autores sagrados, es decir los evangelistas de los que al menos dos eran apóstoles, llegan a la redacción de los libros.

Por esto se puede decir que los Evangelios tienen una consistencia histórica porque reflejan estos tres estadios en su formación, dándose siempre una continuidad. Una continuidad que une la predicación de Jesús, la predicación apostólica y la redacción de Evangelio.

--Los Evangelios «canónicos», es decir los aceptados por la Iglesia por su origen «apostólico» y por su «conformidad con la norma de la fe» de las primitivas comunidades cristianas y las mayores Iglesias de origen apostólico, fueron compuestos entre el 60 y el 100. ¿Cuáles son los criterios que atestiguan su historicidad?

--Padre Estrada: Los exponentes más radicales de la crítica histórica consideraban que había una distancia tal entre la redacción de los Evangelios y la vida de Jesús que toda una generación de testigos oculares había desaparecido. Pero esto no es verdad. El primer Evangelio, que se sabe que fue escrito por Marcos, se remonta al año 64, es decir 34 años después de la fecha probable de la muerte de Jesús. ¿En aquellos años qué se hizo? Esencialmente se predicó el Evangelio en diversos lugares, se reflexionó sobre ese anuncio, dándole una sistematización teológica, que es lo que hizo Pablo. De hecho, los Evangelios se escribieron después de que Pablo elaborara prácticamente toda su teología. En torno al 64, todas las Cartas habían sido escritas, incluidas las pastorales, si es verdad que él fue su autor. Podemos decir que, en aquellos años, los Evangelios sufrieron una evolución más teológica que biográfica, porque los hechos y dichos de la vida de Jesús estaban ya comprobados.

--Entonces, ¿cuáles son los criterios para poder separar con cierta seguridad lo que es histórico de lo que no lo es?

--Padre Estrada: En la segunda mitad del siglo XX, se desarrollaron diversos criterios históricos, entre ellos el de la «discontinuidad», que se concentra en aquellas palabras o aquellos hechos de Jesús que no pueden derivar ni del judaísmo del tiempo de Jesús, ni de la Iglesia primitiva después de Él. Por ejemplo, en el Evangelio de Mateo, Jesús afronta de manera crítica las escrituras y Moisés, como no lo hubiera hecho nunca ningún rabino, revelando la superioridad de la nueva ley proclamada por Él, que no calca el estilo exterior de los fariseos, sino que se asienta en la intimidad del corazón.
Otro criterio es el que se llama de la «dificultad», según el cual la Iglesia no habría nunca comunicado un hecho que pudiera humillar a Jesús, como por ejemplo la cruz, que es el caso más emblemático y paradigmático. El bautismo por obra de Juan, si no hubiera sucedido realmente, no lo hubiera podido ser imaginado por ningún autor. Así como la aparición a las mujeres, porque en aquel tiempo las mujeres no eran testigos cualificados en Israel.

--Las notables afinidades entre los textos de Mateo y Lucas han llevado a diversos estudiosos a afirmar la existencia de una fuente común, haciendo pensar que en realidad recurrieron a fuentes indirectas y no de primera mano. ¿Usted qué piensa?

--Padre Estrada: Podemos admitir que los Evangelios de Mateo y Lucas tuvieran una fuente común, porque existe una serie de narraciones, sobre todo de dichos, que no aparecen en Marcos. Pero lo que sorprende no es que Mateo y Lucas tuvieran una fuente común sino las diferencias. Por ejemplo, los dos relatan la infancia de Jesús pero cada uno lo hace a través de eventos que el otro ni siquiera conoce. En Mateo, el protagonista de la infancia de Jesús es José, mientras que en Lucas es María. Si se hubieran dado demasiadas afinidades, esto habría podido llevar a suponer que hubo un acuerdo entre los dos. Evidentemente, cada evangelista tenía una fuente propia a la que recurrir y otra compartida.

--¿Hay fuentes históricas independientes de los Evangelios canónicos que enriquecen su contenido?

--Padre Estrada: La historicidad de los Evangelios sólo es avalada por los mismos Evangelios, mediante su proceso de formación. Pero hay sin embargo testimonios ajenos a la Biblia que no hay que despreciar. El primero es el de Plinio el Joven, que fue procónsul de Bitinia entre los años 111 y 113, y que en una de las cartas enviadas al emperador Trajano escribe que los cristianos «solían reunirse antes del alba y entonar a coros alternos un himno a Cristo como si fuera un dios». Por tanto, afirma que estaban convencidos de la divinidad del Cristo.

Suetonio, en cambio, en su obra «Vida de los doce césares», refiriendo un hecho acontecido en torno al 50, afirma que Claudio «expulsó de Roma a los judíos que por instigación de Cresto eran continua causa de desorden» (Vita Claudii XXIII, 4). Suetonio escribió «Chrestus» en lugar de «Christus», no conociendo la diferencia entre judíos y cristianos, y por la semejanza entre Chrestòs, que era un nombre griego muy común, y Christòs que quería decir el «ungido», el «Mesías». Por tanto, existían en Roma judeocristianos y --diría-- judíos no convertidos que discutían entre sí sobre Cristo y que podían aparecer a los ojos de la autoridad romana como causa de desorden público.

Y luego está el testimonio del historiador romano Tácito que, en los «Anales», narra el incendio que estalló en Roma en el año 64, del que fue acusado el emperador Nerón, el cual hizo de todo «para hacer cesar tal rumor», y por ello «se inventó culpables y sometió a penas refinadísimas a quienes la plebe llamaba cristianos, detestándoles por sus hechos nefandos». Tácito afirma además que «el origen de este nombre era Cristo, el cual bajo el imperio de Tiberio fue condenado al suplicio por el procurador Poncio Pilatos, y esta superstición, momentáneamente dormida, se difundía de nuevo, no sólo en Judea, punto central de aquel mal, sino también en Roma, donde confluyó de todas partes y fue considerado honorable todo lo que hay en ello de torpe y de vergonzoso». («Anales» XV, 44).

[Este jueves se publicará la segunda parte de la entrevista]
Por Mirko Testa, traducido del italiano por Nieves San Martín


Evangelios, entre historicidad y aportación de los apócrifos (II)

Entrevista al profesor de Nuevo Testamento Bernardo Estrada

ROMA, jueves, 10 enero 2007 (ZENIT.org).- Los evangelios apócrifos no nos permiten conocer realmente a Jesús pero nos muestran la evolución del cristianismo.

Lo afirma el padre Bernardo Estrada, profesor de Nuevo Testamento de la Facultad de Teología de la Universidad de la Santa Cruz de Roma, que está convencido de que los apócrifos, aún no añadiendo nada relevante a nivel histórico, respecto a lo ya afirmado por los Evangelios canónicos, nos permiten sin embargo observar el nacimiento de algunas tradiciones que influyeron en la religiosidad popular y en el arte sacro cristiano.

La primera parte de esta entrevista fue publicada por Zenit el 9 de enero.

--El elenco completo de los 27 libros del Nuevo Testamento es fijado por primera vez en tiempo de Atanasio de Alejandría en 367 D.C. ¿Cómo se llega a elegir estos cuatro Evangelios en el canon de las Escrituras?

--Padre Estrada: Ya antes de finales del siglo II, san Ireneo, obispo de Lyon y mártir, afirma en un célebre pasaje que «dado que el mundo tiene cuatro regiones y son cuatro los vientos principales (...) el Verbo creador de cada cosa (...) revelándose a los hombres, nos ha dado un Evangelio cuádruple, pero unificado por un único Espíritu» («Contra las herejías», III 11, 8).

La Iglesia había ya definido entonces los cuatro textos que se usaba en la liturgia. Veinte años antes de Ireneo, también Justino habla de los cuatro Evangelios o de la memoria de los Apóstoles, que eran mencionados o leídos durante las celebraciones eucarísticas. ¿Entonces cómo se llegó a esta selección? En realidad se llegó a través de un proceso en el que el Espíritu Santo se abrió paso de modo natural y espontáneo. Cuando se difundía un texto que afirmaba algo extraño, los mismos fieles, unidos a su pastor, lo rechazaban. Por tanto, no habían sido preparados por nadie, aunque ya en el siglo II existía la conciencia de que el Evangelio era cuádruple: es decir, uno solo, porque una sola es la predicación sobre la vida, las obras y las palabras de Jesús, pero con cuatro imágenes diversas, cada una de las cuales ofrece un toque personal.

--La otra cuestión que surge ahora es cómo la tradición apostólica llegó a incluir entre los Evangelios canónicos también el Evangelio de Juan, el más diverso respecto a los otros en cuanto a contenido y exposición, tejido a menudo de reflexiones espirituales y teológicas. Además, algunos estudiosos atribuyen la paternidad de este escrito a discípulos pertenecientes a diversas «escuelas de Juan», como se puede notar en este pasaje: «Este es el discípulo que da testimonio sobre estos hechos y los ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero» (Juan, 21,20).

--Padre Estrada: El hecho de que sus autores no fueran necesariamente los cuatro que son mencionados en los títulos, no desmerece la historicidad de los Evangelios. Querría decir también que ni siquiera hay motivo para dudar si no hay razones serias. Por lo que se refiere al Evangelio de Juan, es cierto que un núcleo se remonta al apóstol pero también que hubo discípulos que reflexionaron sobre las palabras de Jesús y encontraron otras fuentes y redactaron un Evangelio que se aparta un poco de los demás. De hecho, es el Evangelio más espiritual, donde no se habla nunca de la crucifixión y del sufrimiento, porque para el evangelista Juan la hora de la pasión se identifica con la glorificación y la suprema «elevación» de Jesús.
Juan presenta ya la misión del Cristo a partir de la Resurrección. Es un Cristo que ha triunfado y vencido a la muerte. Por otra parte, es imposible explicar el relato tan detallado y crudo de la Pasión sino a la luz de la plena convicción que los evangelistas tenían de la Resurrección. ¡De lo contrario, habría sido simplemente masoquismo! El sufrimiento sirvió para nuestra salvación.

Juan relata muchísimos diálogos de Jesús con el Padre como si no tocara la tierra sino que estuviera constantemente inmerso en la contemplación del rostro de Dios y ya glorificado. Mientras que en los otros Evangelios Jesús es un hombre con todas sus características y sus límites humanos. El hecho de que el Evangelio de Juan haya sido retocado por una comunidad de discípulos, que se encontraba probablemente en Éfeso, y ampliado o quizá ensamblado de otro modo, se comprueba en el pasaje que usted ha citado, y que es considerado un apéndice, un añadido posterior por parte de un discípulo que hace de Juan un testigo veraz. Si se lee el capítulo 20 se comprende que estamos ante un final: «Estas cosas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre» (Jn, 20, 31).

--Lucas en su Evangelio, compuesto en torno a los años 80 del siglo I, alude a los «muchos otros» que han escrito sobre los sucesos de Jesús, casi atestiguando la existencia de una multiplicidad de Evangelios, aquellos mismos Evangelios que luego fueron considerados apócrifos...

--Padre Estrada: En realidad, cuando Lucas inicia el prólogo el Evangelio y dice «porque muchos se han puesto a escribir un relato sobre los acontecimientos que sucedieron entre nosotros», no se está refiriendo a libros sino a los testimonios de muchas personas que recibieron la predicación apostólica y que trataron de poner por escrito los hechos y las palabras de Jesús.

Ciertamente esas son las fuentes a las que acuden también los evangelistas. Pero de ello no debemos deducir necesariamente que se tratara de verdaderos libros. Quizá Lucas, que tenía presente el Evangelio de Marcos, se dio cuenta de que otros trataron de redactar o poner en orden los hechos ligados a la vida de Jesús. Pero eso no quiere decir que en el siglo II se hubieran difundido los Evangelios apócrifos. El fragmento más antiguo del «Evangelio de Tomás» se remonta a finales del siglo II, que probablemente es la fecha de composición de aquél Evangelio. No antes. Mientras que nosotros sabemos que muchos Evangelios son fechados en el siglo I incluso en las citas contenidas en la Primera Carta de Clemente, un texto atribuido al Papa Clemente I (88-97) escrito en griego hacia finales del siglo I.

En la «Didajé» o «Doctrina de los doce Apóstoles», que se puede considerar como el catecismo cristiano más antiguo, habiendo sido escrita algún decenio después de la muerte de Cristo, se cita el «Padrenuestro» tal como lo recitamos hoy.

Además sabemos que el fragmento más antiguo del Nuevo Testamento está dentro del papiro Rylands (P. 52), que contiene partes del Evangelio de Juan y se remonta a en torno al 125 D.C., y es por tanto una copia escrita a menos de 30 años de distancia del original.

--Aunque descartados porque no contienen verdades divinas reveladas, algunos Evangelios apócrifos han llegado hasta nosotros en largos fragmentos, como el «Evangelio copto de Tomás» o el «Evangelio de Pedro», siendo incluso utilizados entre los monjes cristianos de Siria y de Asia Menor. ¿Qué valor tienen? ¿Añaden informaciones útiles al relato de los cuatro evangelistas?

--Padre Estrada: Sobre todo, es necesario decir que entre los Evangelios apócrifos hay algunos que, al presentar la figura de Jesús o al renovar la enseñanza se inspiran en el gnosticismo, que es la teoría filosófico-religiosa que, en los primeros siglos del cristianismo (I-IV), se contrapuso violentamente a la Iglesia católica. En 1945, en la aldea de Nag Hammadi, en el Alto Egipto, se descubrió una antigua biblioteca copta que custodiaba 13 códices, todos escritos en el siglo IV, algunos de los cuales contenían dichos de Jesús, para expresar sin embargo conceptos no cristianos.
Todos los estudiosos concuerdan, por ejemplo, en afirmar que el «Evangelio de Tomás» --el que ha suscitado mayor interés-- es un Evangelio gnóstico que contiene las doctrinas y las orientaciones de una comunidad, nacida como herejía dentro del cristianismo, y que pretendía atribuir a Jesús su concepto de la salvación y todos los principios de la fe según su punto de vista. Por ejemplo, no reconocen la muerte en cruz porque la única salvación vendría de la «gnosis», es decir del conocimiento. Mientras que la materia es siempre causa de pecado o está ligada al demonio. El «Evangelio de Tomás», como los otros Evangelios gnósticos, se limita a notificar dichos de Jesús sin insertarlos en la narración de lo que hizo. Es una especie de «Confucio cristiano» del siglo II.

Entonces, podemos preguntarnos si los Evangelios apócrifos contienen alguna verdad. Ciertamente. Por ejemplo, los protoevangelios nos cuentan los primeros años de vida de Jesús. En este sentido, el más famoso es el «Protoevangelio de Santiago», atribuido a Santiago, hijo de José, que lo habría tenido, junto con otros tres hermanos y dos hermanas, de un matrimonio anterior al suyo con María. Este texto tuvo cierta influencia en la tradición y en la iconografía, tanto que la presencia del buey y el asno en la gruta del Nacimiento y el nombre de los padres de María, Joaquín y Ana, nos llegan justo de esta fuente.

Ciertamente el contenido de los Evangelios apócrifos puede diferir. Algunos contienen verdades y amplificaciones fantasiosas respecto a los Evangelios canónicos, así como un gusto teatral propio de un cristianismo popular, aún permaneciendo en lo fundamental de la ortodoxia, mientras que muchos otros, sobre todo aquellos de orientación gnóstica, contienen falsedades porque quieren convencer de la validez de su herejía.

Bajo el perfil histórico, no nos dicen nada más de lo que ya sabemos por los Evangelios según Mateo y Lucas, de los que ellos dependen. Su intención no es histórica, quieren hacer obra de edificación. Frente a la sobriedad de los Evangelios, que relatan también realidades sobrenaturales de manera «natural» y sobria, sin añadir circunstancias innecesarias, se elige responder al deseo del pueblo cristiano añadiendo de manera más amplia y colorida detalles para subrayar aspectos y hechos de la infancia y la adolescencia de Jesús y María. Pero en realidad de esa manera dan una imagen de Jesús no conforme con la realidad, como sucede en el «Evangelio de la Infancia», de Tomás, donde se le describe como un niño que ya es capaz de hacer milagros.

Por tanto, se puede decir que si no tuvieran aunque fuera una pequeña parte de verdad nadie los hubiera aceptado. Su importancia está en el hecho de hacer ver una época, un desarrollo del cristianismo, una confluencia de varias corrientes teológicas y religiosas. Su utilidad está en lograr mostrar la evolución del cristianismo.

Por Mirko Testa, traducido del italiano por Nieves San Martín


El códice que corrobora la autenticidad del Evangelio El Papiro Bodmer, presente digno de un Papa

JERUSALÉN, domingo, 22 abril 2007 (ZENIT.org).- Como se puede imaginar, Benedicto XVI recibe regalos con frecuencia y no sólo en su cumpleaños o el aniversario de su elección papal. Aunque el Santo Padre indudablemente aprecia estos gestos, pocos han sido universal y personalmente tan significativos como el Papiro Bodmer 14-15 (P75).

El Papiro Bodmer, datado en el año 175, es la copia más antigua que existe de fragmentos de los Evangelios de Juan y Lucas. Descubierto en Egipto a principios de la década de los cincuenta del siglo pasado, el papiro ha tenido una influencia decisiva en el curso de los estudios bíblicos.

Cuando los estudiosos vieron tan notable concordancia entre los textos, tuvieron que reconocer que el «Codex Vaticanus», del siglo IV, la más antigua versión completa de los Evangelios, era verdaderamente auténtica.

El papiro llegó a las manos de Frank Hanna III, un hombre de negocios de Atlanta, Georgia, Estados Unidos. A través de lo que Hanna denominó complicada pero notable serie de acontecimientos, pudo comprar el papiro antes de que fuera subastado, y regalarlo en enero al Santo Padre como presente para la Iglesia.

El papiro Bodmer es la evidencia tangible de que el Evangelio que circuló entre las primeras comunidades cristianas había sido compuesto mucho antes del siglo IV y redactado en la forma que conocemos.

En resumen, dijo Hanna: «este papiro nos ayuda a autentificar nuestra Biblia cristiana. De la misma manera que tenemos la Iglesia edificada sobre los huesos de Pedro, tenemos justo al lado, en la Biblioteca Vaticana, un texto de los orígenes de la Palabra de Dios que autentifica lo que siempre habíamos tenido por verdadero».

Además, es uno de los más antiguos códices conocidos, o volúmenes encuadernados, y se cree que fue usado para la liturgia, dando a los católicos otra conexión concreta con la primera Iglesia.

Zenit habló con Hanna en Jerusalén, donde relató su propio descubrimiento del papiro Bodmer y su consiguiente significado para su fe.

«Toda esta aventura ha sido una maravillosa bendición para mí y para mi familia, y como muchas bendiciones de Dios, apareció no se sabe de dónde», dijo Hanna.

Confiesa: «Antes de de recibir una llamada telefónica en mayo del año pasado, apenas sabía lo que era un papiro, y ciertamente nunca había oído hablar del Papiro Bodmer.

«De manera que uno de los beneficios de esta experiencia es todo lo que he aprendido sobre la Escritura».

Hanna dijo que «recibió una llamada del arzobispo Pietro Sambi, el nuncio papal en Estados Unidos, quien subrayó el interés de la Iglesia por este papiro. También insistió en el interés personal que tenía en él Benedicto XVI, que es un increíble estudioso y sabía de la existencia del papiro».

El cardenal Jean-Louis Tauran, archivista y bibliotecario de la Santa Romana Iglesia, presentó una página del papiro al Santo Padre el pasado enero, después de que Hanna lo regalara al Santo Padre.

Curiosamente, es una página de en medio que marca el final del Evangelio de Lucas y el prólogo del Evangelio de Juan, mostrando el orden de los textos como ya se usaba en las primeras comunidades cristianas.

«Benedicto XVI es especialmente aficionado al Evangelio de Lucas y de Juan, así como a la explicación de la Palabra de Dios. De manera que esta página tiene un significado especial », aclara Hanna.

Añade: «Fue maravilloso ver la alegría evidente en el rostro de Benedicto XVI cuando lo recibió. El texto está tan bien conservado que si se sabe leer el griego bíblico, se puede leer como si se leyera un periódico».

«De manera que el Papa pidió sus gafas y empezó a leer con una sonrisa en sus labios. Se podía ver que era realmente capaz de disfrutar del texto».

Entre las bendiciones personales que Hanna ha experimentado en su esfuerzo por conseguir este papiro para la Iglesia, revela una experiencia vivida por su hija de 16 años, Elizabeth.

«Cuando mi hija tenía diez años, memorizamos el prólogo del Evangelio de Juan y lo recitábamos juntos camino de la escuela. Ella tenía también una fuerte devoción inusual a la Natividad», recuerda.

«Después de que pusiéramos nuestra confianza en María, supimos que al Evangelio de Lucas se le llama también el Evangelio de María o el Evangelio de la Natividad».

Todo esto, dijo Hanna, son gracias que nunca se nos hubiera ocurrido pedir.

«Roma y Jerusalén son los dos centros de la Iglesia. El hecho es que aunque muchos cristianos queremos centrarnos en nuestra naturaleza espiritual, sin embargo, nos ayuda ver toda esta evidencia física».

«Aquí, en el lugar donde vivió Jesús, vemos que cuando hablamos de Jesús no estamos hablando de una figura legendaria como Paul Bunyan o Zeus lanzando sus rayos».

«Cristo fue un hombre real que nació en una pequeña ciudad llamada Belén, que creció en Nazaret y vivió en Cafarnaún y caminó por estas calles».

«Poder tener estas manifestaciones tangibles no debería verse como una muleta. Son un realce de nuestra fe», opina.

«Apoyarse en estas cosas es como aferrarse al afecto físico de una persona amada --concluye--. Forma parte de lo que nos hace seres humanos».

Más información: «Benedicto XVI recibe un manuscrito que demuestra la historicidad de los Evangelios»
ZS07042221


El predicador del Papa explica la verdad histórica de los Evangelios
Comentario del padre Raniero Cantalamessa, ofmcap., a la liturgia del próximo domingo

ROMA, viernes, 19 enero 2007 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, ofmcap. -predicador de la Casa Pontificia- a la liturgia del próximo domingo, III del Tiempo Ordinario.

* * *
¿Los evangelios son relatos históricos?

III Domingo del Tiempo Ordinario

Nehemías 8, 2-4a.5-6.8-10, I Corintios 12, 12-31a, Lucas 1, 1-4, 4, 14-21

Antes de empezar el relato de la vida de Jesús, el evangelista Lucas explica los criterios que le han guiado. Asegura que refiere hechos transmitidos por testigos oculares, verificados por él mismo con «comprobaciones exactas» para que quien lee pueda darse cuenta de la solidez de las enseñanzas contenidas en el Evangelio. Esto nos ofrece la ocasión de ocuparnos del problema de la historicidad de los Evangelios.

Hasta hace algún siglo, no se mostraba entre la gente el sentido crítico. Se tomaba por históricamente ocurrido todo lo que era referido. En los últimos dos o tres siglos nació el sentido histórico por el cual, antes de creer en un hecho del pasado, se somete a un atento examen crítico para comprobar su veracidad. Esta exigencia ha sido aplicada también a los Evangelios.

Resumamos las diversas etapas que la vida y la enseñanza de Jesús atravesaron antes de llegar a nosotros.

Primera fase: vida terrena de Jesús. Jesús no escribió nada, pero en su predicación utilizó algunos recursos comunes a las culturas antiguas, los cuales facilitaban mucho retener un texto de memoria: frases breves, paralelismos y antítesis, repeticiones rítmicas, imágenes, parábolas... Pensemos en frases del Evangelio como: «Los últimos serán los primeros y los primeros los últimos», «Ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición..., estrecha la entrada y angosto el camino que lleva a la Vida» (Mt 7,13-14). Frases como éstas, una vez escuchadas, hasta la gente de hoy difícilmente las olvida. El hecho, por lo tanto, de que Jesús no haya escrito Él mismo los Evangelios no significa que las palabras en ellos referidas no sean suyas. Al no poder imprimir las palabras en papel, los hombres de la antigüedad las fijaban en la mente.

Segunda fase: predicación oral de los apóstoles. Después de la resurrección, los apóstoles comenzaron inmediatamente a anunciar a todos la vida y las palabras de Cristo, teniendo en cuenta las necesidades y las circunstancias de los diversos oyentes. Su objetivo no era el de hacer historia, sino llevar a la gente a la fe. Con la comprensión más clara que ahora tenemos de esto, ellos fueron capaces de transmitir a los demás lo que Jesús había dicho y hecho, adaptándolo a las necesidades de aquellos a quienes se dirigían.

Tercera fase: los Evangelios escritos. Una treintena de años después de la muerte de Jesús, algunos autores comenzaron a poner por escrito esta predicación que les había llegado por vía oral. Nacieron así los cuatro Evangelios que conocemos. De las muchas cosas llegadas hasta ellos, los evangelistas eligieron algunas, resumieron otras y explicaron finalmente otras, para adaptarlas a las necesidades del momento de las comunidades para las que escribían. La necesidad de adaptar las palabras de Jesús a las exigencias nuevas y distintas influyó en el orden con el que se relatan los hechos en los cuatro Evangelios, en la diversa colocación e importancia que revisten, pero no alteró la verdad fundamental de ellos.

Que los evangelistas tuvieran, en la medida de lo posible en aquel tiempo, una preocupación histórica y no sólo edificante, lo demuestra la precisión con la que sitúan el acontecimiento de Cristo en el espacio y el tiempo. Poco más adelante, Lucas nos proporciona todas las coordenadas políticas y geográficas del inicio del ministerio público de Jesús (Lc 3,1-2).

En conclusión, los Evangelios no son libros históricos en el sentido moderno de un relato lo más despegado y neutral posible de los hechos ocurridos. Pero son históricos en el sentido de que lo que nos transmiten refleja en la sustancia lo sucedido.

Pero el argumento más convincente a favor de la fundamental verdad histórica de los Evangelios es el que experimentamos dentro de nosotros cada vez que somos alcanzados en profundidad por una palabra de Cristo. ¿Qué otra palabra, antigua o nueva, jamás ha tenido el mismo poder?

[Traducción del original italiano realizada por Zenit]
ZS07011920


Benedicto XVI recibe un manuscrito que demuestra la historicidad de los Evangelios

Los Papiros Bodmer 14-15 están ahora en la Biblioteca Apostólica Vaticana

CIUDAD DEL VATICANO, martes, 23 enero 2007 (ZENIT.org).- Benedicto XVI ha recibido como regalo para la Santa Sede unos de los papiros más antiguos de los Evangelios que demuestran su carácter histórico.

Entregó como regalo al Papa los Papiros Bodmer 14 y 15 (P75), datados entre 175 y 225 d. C., este lunes su donante, el estadounidense Frank J. Hanna y su familia.

«El Papiro contiene cerca de la mitad de los Evangelios de Lucas y de Juan. Fue escrito en Egipto y quizá utilizado como libro litúrgico», explicó el cardenal Jean-Louis Tauran, Archivista y Bibliotecario de la Santa Romana Iglesia, durante la audiencia.

Los manuscritos pertenecían antes a la Fundación Bodmer de Cologny, a las afueras de Ginebra (Suiza) y se encuentra ahora custodiado en la Biblioteca Apostólica Vaticana.

«La Biblioteca del Papa posee el más antiguo testimonio del Evangelio de Lucas y entre los más antiguos del Evangelio de Juan», añadió el purpurado francés.

Los papiros Bodmer 14 y 15 (P75) contienen un total de 144 páginas y constituyen el manuscrito más antiguo que mantiene unidos el texto de dos Evangelios.

«Casi seguramente estaba destinado a una pequeña comunidad, una "parroquia" egipcia de lengua griega, que, como es habitual en todas las liturgias cristianas, leía el Evangelio durante la celebración eucarística», explica el diario vaticano «L’Osservatore Romano» en su edición del 24 de enero.

El hecho de que los Evangelios de Lucas y Juan se encontraran unidos en un mismo papiro, como sucede en este caso, es visto por los expertos como una demostración de que para las primeras comunidades cristianas los Evangelios formaban una unidad, han explicado a Zenit algunos de los participantes en el encuentro con el Papa.

El documento es decisivo pues coincide con el del «Codex Vaticanus», uno de las ediciones más antiguas de la Biblia, del siglo IV. Los Papiros Bodmer 14 y 15 demuestran, por tanto, que las versiones más antiguas del Nuevo Testamento que se conservan en su integridad corresponden con los Evangelios que ya siglos antes circulaban entre las comunidades cristianas.

Entre otras cosas, en estos papiros se encuentra la trascripción más antigua del Padrenuestro, según es relatada por Lucas.

En la entrega del papiro participó el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, el obispo Raffaele Farina, prefecto de la Biblioteca Vaticana, y Gary Krupp KCSG, fundador de la «Pave the Way Foundation», que durante un año ha trabajado para alcanzar este resultado.
ZS07012307