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| LO INDEFENDIBLE EN LA IGLESIA Fecha de Publicación: 19 - Mayo - 2010 Autor: Rocío Elizabeth Rodríguez Pantoja Lo indefendible en la Iglesia es que no nos perdonemos |
| Lo indefendible en la Iglesia
Son tristes las miserias humanas. Los son aún más cuando éstas se manifiestan dentro de la Iglesia que Cristo ha fundado. Y no, estimado lector, no me refiero a los casos de pederastia, corrupción e infidelidad escandalosa, a partir de los cuales muchos medios de comunicación sin escrúpulos gustan hacer negocio. Cuando hablo de Iglesia, tampoco me refiero únicamente a los miembros del clero. Las miserias a las que hago alusión, también se propagan en los medios de comunicación, pero están vestidas de una hipócrita inocencia. Múltiples manos se pelean por arrojar la primera piedra y condenar no sólo los pecados sino a los pecadores: “tal sacerdote es indefendible, no tiene perdón” afirman cual dioses, y sin embargo Cristo verdadero Dios vino precisamente a defender lo indefendible. No, de ninguna manera las acciones escandalosas y los malos ejemplos de autoridades de la Iglesia ni de ningún ser humano son justificables y, si se comprueba algún delito, habría que castigarlo, pero tendríamos que temblar antes de atrevernos a emitir un juicio sobre las personas. Que un ser humano que se dice católico se atreva a condenar al infierno a alguno de sus semejantes, eso sí es algo miserable. Nadie más que Dios conoce lo misterioso del corazón humano y sus intenciones. “¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente, que vengan escándalos, pero ¡ay de aquel hombre por quien el escándalo viene!” (Mt. 18,7). Gustosos atribuiríamos este pasaje a los autores de pecados que se han hecho públicos, sin reparar en que el mayor escándalo lo estamos propiciando muchos cristianos con nuestra nada cristiana actitud. Es perverso, casi diabólico, el modo en el que algunos bautizados, miembros de la Iglesia, casi celebran las noticias tristes sobre infidelidades, grandes o pequeñas de algunos sacerdotes. ¿Cómo calificaríamos la actitud de alguien que se alegrara por las desgracias de su propia familia? ¿Qué perversidad puede mover a una persona a celebrar las penas de hermanos suyos? Rencor, envidia quizás, pero de ninguna manera caridad. El espectáculo de la división, la alegría del dolor ajeno, el juicio implacable acerca del prójimo, eso es también un escándalo; tal vez más valiera que nos “ataran al cuello una piedra de molino y nos arrojaran al fondo del mar” (Mt. 18,6). Muchos buscan justificar la propia tibieza y mediocridad en su compromiso con Dios, poniendo como pretexto el anti-testimonio de los otros. Dan brincos de alegría ante las malas noticias como si éstas pudieran liberarles de la obligación de responder personalmente a Dios. “Por eso yo no creo en la Iglesia” dicen muchos, renegando de su propia familia, como si fuera una sorpresa que ésta estuviera formada por pecadores. “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos…”(Mt 6,12). Eso sí que sería cristiano, pero claro, generalmente se habla del perdón en un sentido figurado. Nadie tiene inconveniente en perdonar cosas sin importancia, ofensas que no le han verdaderamente ofendido. Pero cuando las ofensas, los pecados, son cosas terribles suele desaparecer nuestro cristianismo. “Qué fácil, ¿no? -dicen muchos-, así que pide perdón y ya? No, eso no tiene perdón de Dios”. Y sin embargo es posible que a la hora final exista más perversidad en el corazón de quienes nos preciamos de nunca haber hecho “nada semejante”, porque Dios no juzga en función de lo que se ve, sino de aquello que no se ve. No vaya a ser que la vara con la que estamos midiendo resulte demasiado grande. | |

